La instalación de la primera piedra en el barrio Galicia es, sin duda, una noticia que merece ser celebrada desde la perspectiva de la justicia social. Cuarenta años de abandono no son solo una cifra; representan generaciones de jóvenes samarios que tuvieron que pulir su talento entre el polvo, las piedras y el olvido institucional. Que el alcalde Carlos Pinedo Cuello logre articular una inversión de 9.000 millones de pesos con el apoyo del sector privado (Cenit) es un acierto de gestión que debe reconocerse.
Sin embargo, como "Miradores" de la realidad urbana, debemos mirar más allá del brillo de la inauguración. La transformación de una cancha de arena en un escenario con "especificaciones FIFA" plantea una pregunta fundamental sobre la sostenibilidad en el trópico.
Lo primero: El reto del calor samario. Santa Marta no es Bogotá ni Medellín. Aquí, el sol es un actor protagónico. La elección del césped sintético es una espada de doble filo. Así que debe tenerse cuidado. Por un lado, ofrece la estética y la funcionalidad de un estadio profesional, elevando la moral de una comunidad que se siente "de primera categoría". Por otro lado, estamos cubriendo un área extensa con polímeros plásticos que absorben calor. En una ciudad que lucha contra el cambio climático, la promesa de los 70 árboles (y el sistema de riego) no debe ser un detalle ornamental, sino el corazón del proyecto. Sin una barrera forestal densa, la cancha de Galicia corre el riesgo de convertirse en un caldero hirviente, inhabitable entre las 10:00 a.m. y las 4:00 p.m.
Lo segundo: Más que fútbol, un tejido social. Es destacable que el proyecto no sea un monopolio del fútbol. La inclusión de canchas múltiples para voleibol y baloncesto, junto con zonas WiFi y cámaras de seguridad, sugiere una visión de urbanismo integral. El deporte es, quizás, la herramienta más barata y eficiente para la prevención del delito y la formación de ciudadanos. Al dotar a la Localidad Dos de un espacio digno, se está enviando un mensaje claro: el Estado ha vuelto.
La cereza del pastel a mediano y largo plazo: El fantasma del mantenimiento. El gran temor en Santa Marta, históricamente, no ha sido la construcción, sino la preservación. Hemos visto parques modernos marchitarse en menos de un cuatrienio por falta de riego, vandalismo o simple desidia administrativa. El director del Inred tiene un reto monumental: garantizar que ‘Galicia Sí Puede’ no sea solo un eslogan de campaña, sino un modelo de gestión comunitaria. La participación de la Junta de Acción Comunal será vital para evitar que el WiFi se apague o que el césped se convierta en una alfombra raída en cinco años.
Esta obra en Galicia es una apuesta valiente por la dignificación del espacio público. Si se cumple el plazo de 14 meses y se respeta el componente ambiental para mitigar el calor, Santa Marta ganará mucho más que una cancha; ganará un laboratorio de convivencia. El desafío ahora es asegurar que el cemento y el plástico no asfixien la naturaleza, y que la "primera piedra" se
a el cimiento de una cultura del cuidado que dure otros 40 años, pero esta vez, bajo la sombra de la prosperidad y no del abandono.
