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| Imagen creada con IA. |
Por Eduardo Marín Cuello
Como docente de Humanidades, siempre insisto a mis estudiantes en que la cultura no es un objeto estático en una vitrina de museo; es un organismo vivo que respira a través del lenguaje. La prueba de ello se vive por estos días en el Festival Nacional del Caimán Cienaguero, que nos ha dado una lección magistral de lo que significa proteger el patrimonio, no solo desde la danza y el color, sino desde el poder de la oralidad y el pensamiento.
Primero, con el foro celebrado en la Librería Café de Pombo. Es refrescante para las letras y el lenguaje ver cómo la memoria de Ciénaga se traslada a espacios de ágora urbana, trascendiendo el territorio natal de la festividad, para que el diálogo entre la Academia y el Saber Popular se estreche. Bajo la moderación de Pedro Tobías y la gestora social María de los Ángeles Fernández, figuras como el historiador Gustavo Polo y la folclorista Rosmeri Ariza nos recordaron que la Leyenda del Caimán es el cimiento de nuestra cosmovisión Magdalenense y Caribe. Escuchar también al alcalde Luis Fernández Quinto participar en estos espacios reafirma que la gestión pública debe tener un alma cultural.
Desde la perspectiva lingüística, lo ocurrido en este foro es un ejercicio de semántica de la identidad. No se trata solo de contar una historia, sino de entender cómo el relato de Tomasita nos define como pueblo.
Por otro lado, la presencia de las reinas, Sahara Ledesma y María Sofía Infante (Infantil), aportando versos y ritmo, demuestra que el relevo generacional está asegurado. La corona no es solo brillo; es la responsabilidad de portar la voz de una estirpe que nace del agua y sus formas de laguna, mar y río.
Por otro lado, el Encuentro de Verseadores fue una cátedra de agilidad mental y literatura oral. Como profesor de Lengua Castellana, destaco el ingenio de hombres como Manuel Calixto, Óscar Constante, Adalberto Hernández y Aníbal Redondo. El verso improvisado es nuestra forma más pura de poesía popular; es una estructura métrica que nace de la picardía y el humor, conectando emocionalmente con el pueblo de una manera que un libro de texto difícilmente logra.
La oralidad en Ciénaga es una herramienta de resistencia cultural. Al evocar los versos de antaño, los verseadores no solo divierten; están haciendo una labor de archivo vivo.
Preservar estos espacios de oralidad es fundamental para que la identidad no se diluya en la globalización; sino que -de alguna manera- la utilice para preservarse. La palabra dicha, cantada y versada en el Festival del Caimán es el hilo invisible que teje nuestro tejido social. Si perdemos el verso y el foro, el festival se convertiría en un espectáculo vacío. Afortunadamente, en Ciénaga, el caimán no solo baila: también habla, piensa y recuerda.
